En el corazón de Teusaquillo, donde el verde aún le disputa terreno al concreto, cada mañana se escribe una historia de disciplina, amistad y vida. Allí, en el parque La Luisita, Marisol Piedrahita ha hecho del ejercicio un ritual compartido que cruza generaciones.
Bogotá, D. C., 20 de marzo de 2026.- A las ocho en punto, cuando la luz apenas se cuela entre los árboles del barrio Quinta Paredes, algo comienza a latir en la cancha sintética del parque La Luisita. No es solo la música ni la voz del instructor del Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD) marcando el compás. Es otra cosa. Es la risa de Marisol Piedrahita.
Llega como siempre: puntual, con su colchoneta bajo el brazo, un termo con agua y una pequeña maleta que parece acompañarla como parte de su rutina. Su presencia se siente antes de nombrarse. Saluda, bromea, anima. Entre más de 50 personas que, cada martes, miércoles y jueves, se reúnen para la sesión de aeróbicos, Marisol destaca sin proponérselo: no solo por la precisión con la que sigue cada movimiento, sino por la forma en que convierte el ejercicio en una celebración colectiva.
“Muy buenos días, mi nombre es Marisol Piedrahita, recientemente pensionada… o sea que ya saben la edad”, dice entre risas, con una chispa que no se apaga. Para ella, la vida no se detiene: cambia de ritmo. “En este momento hago emprendimiento y toda la vida he hecho emprendimiento”, añade, como quien deja ver que su energía no conoce pausas.
Su historia en este sector de la ciudad supera las tres décadas. Ha sido testigo de cómo el barrio se transforma, de cómo crecen los vecinos y de cómo cambian los espacios. Durante años, su disciplina fue un acto íntimo: salía a trotar a las cinco de la mañana por el mismo parque que hoy la recibe en colectivo. Pero la llegada de la cancha y de las actividades del IDRD transformó también la forma de habitar ese hábito.
“Este es un encuentro maravilloso”, dice Marisol. Y en su voz hay certeza. “Nos estamos dando cuenta de que tener amigos vale oro… Como digo yo, nos estamos preparando para empezar a vivir a los 80”.
La rutina avanza y el grupo se mueve como si compartiera un mismo pulso. Entre pasos, estiramientos y risas, se construyen vínculos invisibles que sostienen mucho más que el cuerpo. “Acá tengo muchísimas amigas”, cuenta. “Este espacio es de alegría, de positivismo y de ayuda”. No sorprende que muchas de las mujeres que hoy ocupan la cancha hayan llegado por ella. Su liderazgo no se impone: se contagia.
“Yo siento que somos de una actitud muy positiva. Yo quiero que todas nos inspiremos y nos demos cuenta de que nuestra vida está comenzando hasta ahora”, afirma, como quien comparte una verdad sencilla y, al mismo tiempo, transformadora.
Para Marisol, el deporte es más que movimiento: es impulso. “Es vida, es vida y es amor”, resume, mientras sigue cada indicación con la disciplina de quien entiende que cada ejercicio también es una forma de resistencia, de cuidado y de libertad.
Cuando la sesión termina, la cancha empieza a vaciarse con la calma de quien sabe que volverá. El instructor revisa la asistencia, los grupos se dispersan entre despedidas, pero Marisol permanece en ese punto donde el ejercicio se convierte en encuentro. Reúne a sus amigas —las mismas a las que ha motivado a salir de casa, a moverse, a encontrarse— y, entre risas, propone lo de siempre: un café en la panadería cercana.
Porque para ella el ejercicio no termina con el último estiramiento. Continúa en la conversación, en la compañía, en ese pequeño ritual que transforma una rutina en comunidad.
Así, en cada mañana, Marisol Piedrahita no solo fortalece su cuerpo. También teje redes, impulsa sueños y confirma que el deporte, cuando se vive desde la alegría, puede ser el comienzo de una vida que apenas empieza.
OFICINA ASESORA DE COMUNICACIONES IDRD – BOLETÍN 727