Caminante… sí hay camino

  • Éider Arévalo, tres veces campeón mundial juvenil, espera llegar a lo más alto en la marcha atlética, en la categoría mayores. 
  • Con disciplina y tenacidad, este bogotano bonachón y disciplinado, quiere ser el mejor andarín del planeta. Ésta es su vida.

Ni Juan David, su mejor amigo de infancia, ni el resto de la ‘gallada’, ni su familia, y mucho menos él, imaginaban cuando corrían mañana, tarde y noche por las calles del barrio Las Américas de Pitalito, Huila, que se convertiría en uno de los mejores de la marcha atlética en el planeta.

Primero, porque de niño rara vez se piensa en cosas así, dado que el enfoque de la vida está en gozar el momento. Y segundo, porque lo que le gustaba era correr y correr, a toda velocidad.

La infancia de Éider Orlando Arévalo Truque transcurrió entre las clases de primaria en el Colegio Nacional y las de séptimo, octavo y noveno grado en la Normal Superior de ese municipio huilense, combinadas -especialmente en vacaciones-, con las carreras de esquina a esquina, o los juegos de ponchados, venados y cazadores, policías y ladrones, y hasta fútbol, en su barrio.

Sus padres, José Raúl Arévalo y Yeimy Truque, vivían felices con la disciplina de su muchacho, y más cuando lo tomó el profesor Eduard Chilito, quien lo vio correr y le dijo que se metiera al equipo de atletismo.

Un año estuvo corriendo pruebas de fondo y en una carrera en su pueblo, ganó su primera medalla, una de bronce, en una prueba de tres kilómetros.

Sin embargo, vio a unos practicantes de la marcha atlética y le impactó el gesto técnico de esa disciplina; luego de un seguimiento, apreció el esfuerzo, la entrega y la disciplina de los andarines, caminantes o marchistas, como se les llama también a los practicantes de este deporte.

“Los vi y me dije: tienen disciplina, entrega y constancia… y yo me caracterizo por tener esas cualidades. Me enamoré de la marcha atlética de una vez, empecé a practicarla y me di cuenta que tengo mucho talento… Y aquí voy”, dijo Éider.

 

Comienza el camino

Su primer gran reto fue el Torneo Freskaleche en Bucaramanga, en 2005, y ganó. Fue su primer oro, y el que le señaló que ese era su camino, hecho que se ratificó dos años después, en 2007, cuando obtuvo el Campeonato Nacional Intercolegiado, que lo llevó a su primera medalla de oro internacional, en el Suramericano Intercolegiado en La Serena, Chile. Ahí nació para Colombia y el mundo atlético, el marchista Éider Arévalo.

Pensando en grande, en que quería ser de la élite, Éider tomó la determinación de su vida: con ‘dolor’ dejó a Pitalito, a su familia, a Juan David y a su combo de amigos, sus bellos recuerdos de una infancia feliz, por irse a cumplir el sueño que ya tenía entre ceja y ceja: ser el mejor marchista del mundo.

Llegó en 2009 a Bogotá a terminar bachillerato en el Colegio Floridablanca y se afilió a la Liga de la capital; se contactó con el profesor Fernando Rozo, quien de inmediato lo tomó como su pupilo y lo pulió, impulsando la carrera del joven deportista.

Ganó ese año el Centroamericano en Puebla, México, y en 2010 la Copa Mundo Juvenil en Chihuahua, México, en los 10 kilómetros, triunfo con el que empezó a escribir gran su historia.

 

Un duro golpe

En enero de 2012 Éider sufrió un golpe que, aunque certero, no lo hizo renunciar. Su entrenador, Fernando Rozo, falleció en Bogotá. En su reemplazo llegó Marcelino Pastrana, quien actualmente sigue al frente del atleta.

Arévalo trabajó duro porque ese 2012 tenía muchos compromisos. Con sus 19 años, logró por segunda vez el título en la Copa Mundo Juvenil en Saransk, Rusia, dedicándole la victoria a su fallecido entrenador, además del triunfo en el Campeonato Mundial en Barcelona. Y logró la marca para ir a los Olímpicos de Londres 2012, empezando así su transición hacia la categoría mayores.

A pesar de su juventud, logró el puesto 20 en las justas, algo meritorio no solo por su edad, sino porque ya no eran 10 kilómetros, sino 20 lo que debía andar. Y contra los mejores del mundo, que tenían un nivel muy superior. Ese mismo año ganó el oro en los Juegos Nacionales, siendo la primera medalla de Bogotá en esta modalidad.

En 2013 logró la marca nacional de 20 kms. En 2014 fue campeón en los Juegos Suramericanos; en 2015 fue quinto en los Juegos Panamericanos y en 2016 fue puesto 15 en los Olímpicos de Río 2016.

Los resultados en mayores no habían sido los mejores. Por eso ya algunos cuestionaban a Éider. Pero en 2017, lleva tres pruebas internacionales y tres victorias: el Challenger Internacional de Marcha en Ciudad Juárez (México), el Challenger de Río Malhor (Portugal) y la Copa Panamericana de Marcha en Lima (Perú).

Por eso está tranquilo. Sabe que lo que se está haciendo está muy bien, que va por buen camino. Y eso da muy buenas sensaciones para el Mundial de Londres en agosto próximo, y para los Juegos Bolivarianos en noviembre en Santa Marta, donde espera arrancar con pie derecho el ciclo olímpico hacia Tokio 2020.

Pero, ¿por qué ese cambio? Él mismo tiene una explicación para eso. “Este año ha sido muy positivo. Es que acá estamos acostumbrados a que solo sirve ganar, somos triunfalistas, no aceptamos derrotas, porque si uno pierde ya no sirve. Este año me he dedicado a mi tranquilidad, a mejorar aspectos de mi vida y eso me ha servido mucho”.

Y agregó: “Esto es un proceso. En juvenil fue lo mismo. Y ahora en mayores es más bravo porque están los mejores del mundo. Llevo cinco años en mayores, ya tengo la experiencia, hice el proceso, y nos estamos dando cuenta de que vamos bien. Hay que respetar los procesos, eso es fundamental. Gracias a Dios se están dando las cosas”.

El motivo de esos buenos resultados es uno solo: el alto rendimiento es 24-7, solo entrenar y descansar bien, para que a la hora de la competencia no falte nada. Y eso Éider lo sabe.

“Entreno duro, hago fisioterapia para recuperación, y luego con la sicóloga Ivonne Escobar, que es magnífica. Es un entrenamiento mental que me ha servido mucho; o con la nutricionista. Siempre se piensa en el alto rendimiento. Soy muy disciplinado, con mucho carácter, me tomo muy en serio esto porque es mi profesión y es lo que amo”, dijo.

 

Carácter de campeón

A Éider le dio duro la separación de sus padres hace nueve años, pero supo entenderlo. Ya cada uno rehízo su vida. Su madre y su hermana Nancy viven en Pitalito, mientras su padre vive en Sibaté. Por los dos tiene más hermanos y los quiere igual.

Los fines de semana visita a la familia paterna, que vive en Bogotá, y cuando le queda tiempo, se roba un fin de semana para ir al campo a ver a su progenitora “y a recargar baterías. Allá me relajo, me olvido de todo y llego como nuevo. Y comparto con la familia de mi mamá. Y acá en Bogotá con los Arévalo. Por fortuna todos me quieren y yo igual”.

Y en sus pocos ratos libres lee novelas, libros de superación (lo positivo lo asimila y lo pone en práctica), ve películas de acción o comedia, o disfruta viendo dibujos animados. Aunque por encima de todo, está compartir con los suyos y tratar de ayudar a quien lo necesite.

A sus 24 años (nació en Bogotá el 9 de marzo de 1993), Éider, ese humilde muchacho de 1,69 metros y 61 kilos de pesos, de sonrisa tímida, bonachón, pero que es una fiera al andar, y que supo reponerse a la adversidad y asimilar el proceso, tiene claro que posee las cualidades para ser el mejor marchista del mundo. A eso le apunta, por eso va. Adelante caminante… sí hay camino.

Por Carlos A. Gracia B.

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